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El Eternauta y el avestruz. ¿Por qué expulsar lo digital en las aulas es una mala política?

Opinión 2 de Junio de 2026

*Por Fabio Tarasow

"Lo viejo funciona". La frase se volvió mantra tras el éxito de El Eternauta en Netflix. Ver a los aparatos viejos y mastodónticos sobrevivir al apocalipsis y reducir a basura la última tecnología nos reconforta como una venganza poética. Pero celebrar ese "lo viejo funciona" como argumento para prohibir lo nuevo es intelectualmente dudoso y pedagógicamente peligroso.

El Eternauta y el avestruz. ¿Por qué expulsar lo digital en las aulas es una mala política?

En los últimos meses, desde el sur miramos lo que pasa en el norte. El caso que todos citan es Suecia: la misma que en 2009 fue pionera en llenar las aulas de pantallas, hoy da marcha atrás y reparte libros de texto otra vez, alarmada por la caída en sus pruebas de comprensión lectora. Hasta tiene eslogan: "de la pantalla a la carpeta". Suena sensato, suena lindo, y se emparenta con el sesgo nostálgico que todos cargamos.

Pero antes del copy-paste de la receta vale hacerse algunas preguntas. La primera: ¿esa marcha atrás tiene respaldo en evidencia o es decisión política para la tribuna? Porque el caso sueco parece menos categórico. Un informe de la OCDE de 2026 recordó que el acceso a la tecnología, por sí solo, no garantiza nada: lo que pesa es la propuesta pedagógica, no el aparato. Sobre Suecia, en particular, señaló un "uso desparejo" de esas herramientas entre escuelas. Y todavía falta lo principal: ¿quién dice que los resultados eran malos? ¿Cómo se midieron? Y, sobre todo, ¿para qué se usaron esos dispositivos durante todo ese tiempo en el aula?

Pensar que lo digital es la causa del fracaso educativo es tan ingenuo como creer que darles tablets a los chicos iba a innovar por arte de magia. Las dos posturas cometen el mismo error: miran el aparato y no lo que pasa alrededor: cómo se enseña, qué se propone, para qué.

Resulta tentador culpar a las pantallas y celebrar el regreso del papel, sin repasar. ¿Se entregaron tabletas llenas de PDFs? ¿Había conexión permanente? ¿Los alumnos convivían con notificaciones, pestañas y distracciones diseñadas para capturar atención? El relato fácil genera clics: "la tecnología distrae, volvamos a lo de antes".

Y es cierto: los dispositivos distraen. Están diseñados para chuparnos nuestra atención, así que no tienen por qué estar siempre encendidos, ni en el aula, ni en la mesa familiar, ni en la reunión de amigos, ni en cantidad de lugares donde hoy lo están. Y también es cierto que se aprende mejor escribiendo a mano que tecleando.

Pero nada de esto justifica prohibir. "Apagados a veces" no es lo mismo que "prohibidos siempre": lo primero es una discusión madura sobre límites y atención; lo segundo es política de avestruz, esconder la cabeza y fingir que la tecnología no existe. Y lo de escribir a mano tampoco alcanza: lo que ayuda es el trazo, y se puede trazar sobre papel o sobre pantalla. La dicotomía no existe.

Al prohibir, la idea se vuelve peligrosa. Porque, ¿dónde, si no en la escuela, vamos a formar a los chicos para que usen estas herramientas con criterio? ¿Dónde van a aprender a distinguir una pantalla que informa de una que manipula? ¿Dónde van a debatir sobre adicción, algoritmos, atención fragmentada y dopamina barata? ¿En TikTok? ¿En Instagram? ¿En el "salvaje oeste" digital al que los soltamos sin brújula?

Pero la escuela no puede quedarse solo en hablar de la tecnología. También tiene que encenderla. Que los chicos no consuman pantallas: que produzcan con ellas. Que las usen para buscar y contrastar, para resolver problemas que sin la herramienta no resolverían. A eso algunos le llaman inteligencia híbrida: pensar mejor porque la cabeza y la máquina trabajan juntas. Eso no se aprende leyendo sobre el tema. Se aprende usándolo.

Extirpar los dispositivos del aula para después quejarnos de cómo los usan afuera es una forma sofisticada de injusticia educativa. Es lavarnos las manos y después escandalizarnos cuando se ahogan.

Podemos tener excelentes resultados con dispositivos y pésimos sin ellos. Y también al revés. El dispositivo no es la variable clave. La variable clave es el para qué.

Por eso la discusión que importa no es papel o pantalla, sino esta: ¿tragar pantallas o producir con ellas?

El resto es puro avestruz con nostalgia. 

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